Nací en una Caracas de concreto y ruido, bajo el sol de abril del 68. Crecí cuando el mundo aún se explicaba a través del éter y la radio no era solo un aparato, sino un ejercicio de fe: construíamos universos enteros en la cabeza sin necesidad de ver para creer. Había algo honesto en esa imperfección, en el grano de la voz, en el silencio que se colaba entre las frecuencias.
Hoy, mi realidad se mide en milisegundos y se empaqueta en cajas de cartón. He cambiado el rugido del Ávila por la niebla persistente de Asturias, y en ese trayecto, he visto cómo el mundo ha decidido, por fin, volverse impecable.
Estamos viviendo bajo una dictadura silenciosa: la dictadura de lo prolijo. Una arquitectura de cristal donde el error ha sido desterrado como una enfermedad contagiosa. Miro la pantalla y veo algoritmos que nos diseñan miedos a medida, filtros que uniforman el rostro y el pensamiento, y una marea de contenidos donde la ultra-derecha y el postureo son solo dos caras de la misma moneda: el pánico absoluto a no encajar en el molde.
Extraño la honestidad del tropiezo
Analizo la data y los números son asépticos. Dicen que somos más eficientes, que la logística es infalible, que el mensaje vuela. Pero como observador, me pregunto: ¿qué hemos sacrificado en el altar de la velocidad? Extraño la honestidad del tropiezo. Aquel fallo en la radio que nos recordaba que al otro lado había un ser humano latiendo, y no una inteligencia artificial optimizando nuestra dopamina.
He decidido volver a este ruido digital, pero no para salvar a nadie ni para dictar lecciones. Vuelvo porque me cansé de editar las historias de otros para que parezcan perfectas mientras la realidad, la de verdad, se cae a pedazos por falta de mantenimiento. Vuelvo para reivindicar la crudeza de la foto fija, el valor del dato bien puesto sobre el titular incendiario, y la elegancia de una mirada que no necesita filtros de TikTok para sostenerse.
Este es un ejercicio de observación y contemplación. Una zona libre de botox digital para los que, como yo, sospechan que debajo de tanto brillo algo se está pudriendo. Dicen que querer es poder, pero yo prefiero creer que poder, hoy en día, es tener la audacia de apagar el ruido y quedarse a solas con lo que queda.
He decidido que ser el observador de mi propio camino es mi único acto de rebeldía. No sé si será inspirador, pero les aseguro que será útil. Porque en un mundo hecho de plástico, lo que es útil es lo único que no caduca.Mi nombre es Frank Castellanos. Y esto, aunque parezca invisible, es lo obvio.





